Muerte de Nelly Manuel Doñé propina un duro golpe al deporte

En innúmeras ocasiones la magnitud de una persona que acaba de fallecer se mide por la cantidad de nudos que herméticamente cierran las gargantas de quienes lamentan su partida. Humanos con la capacidad de tribunos se reducen a lágrimas que son bien elocuentes.

Nelly Manuel Doñé, el venerado dirigente olímpico que ayer abandonó este mundo a los 75 años de edad por quebrantos de salud, encaja en esta descripción. Fueron muchas las personas que desfilaron ayer por la capilla A de la Funeraria Blandino de la Abraham Lincoln de la capital para brindar apoyo a sus familiares y a la vez ofrecer un tributo a una de las mentes más brillantes del olimpismo dominicano.

La hoja de vida de Doñé fue fructífera en diferentes niveles de la sociedad. Fundador del Club Mauricio Báez y manantial eterno de aportes para el movimiento olímpico son apenas dos calificativos que adornan el prontuario de un hombre que, a la vez, se manejaba con un tacto digno de elogiar.

Nació un cinco de julio de 1944 y entre sus funciones estuvieron las de profesor de educación física y subsecretario técnico de Deportes. Además, fue el director técnico de los Juegos Panamericanos Santo Domingo 2003.

Le sobreviven su esposa Luz Guerrero y sus hijos Sagrario, Minerva, Rosa y Carlos Vladimir, así como nietos y otros familiares. A las 7:34 de la noche, Luisín Mejía, el presidente del COD, quien llegó ayer desde Perú, y el veterano periodista Leo Corporán se dieron un abrazo frente al ataúd con los restos de su amigo de toda una vida, Nelly Manuel Doñé.

“Incomparable, un ícono del olimpismo dominicano”, fueron las primeras palabras de Mejía tras un esfuerzo para poder hablar. “Respetado por todo el movimiento olímpico. Yo no daba un paso sin consultarlo”, agregó Luisín.

“Mi hermano del alma”, dijo Corporán. A las 7:46, Mejía daba otro abrazo a Carlos Vladimir Doñé y una vez más los ojos mojados se impusieron al habla.

Es válido señalar que muchas veces los hermanos de la vida ocupan un lugar muy especial en el corazón, tan importante que pesan en la sangre.

Ha fallecido un gran dirigente deportivo que siempre llevará el manto sublime que solo puede llevar un profesor de generaciones.

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